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El hombre que nunca amó

By Ben • Jan 26th, 2008 • Category: Blogeando

El escritor miraba fijamente la hoja en blanco en su maquina de escribir. Decenas de hojas hechas bola llenaban el suelo junto a la pequeña mesa de madera que era el único mueble en la sala del pequeño apartamento que habitaba. Su frustración se hacía cada vez mayor. Su pozo de ideas estaba seco completamente y eso lo hacía sentirse impotente, las palabras que escribía sobre las hojas de papel en su máquina de escribir eran su posesión más valiosa. Un mes completo había pasado desde el último relato que escribió y la falta de inspiración pronto lo volvería loco. Había empezado tres historias en las últimas setenta y dos horas, dos de las cuales estuvo a punto de terminar, pero no sintió por ellas el amor que el buen escritor debe sentir por sus obras, parecían los relatos de alguien más, alguien a quien no conocía.

El escritor se levantó de la silla y se dirigió al refrigerador en la descuidada cocina del apartamento, al abrirlo descubrió que estaba completamente vacío a excepción de un sándwich solitario que había sido abandonado semanas, tal vez meses, atrás. Hambriento y frustrado se sentó frente a la máquina de escribir para mirar fijamente la hoja en blanco un rato más. El golpeteo de las teclas contra el papel cambió el silencio de la noche en un instante. Las letras comenzaron a fluir y a formar palabras, las palabras formaron las oraciones que contenían las ideas de un nuevo relato. Durante varios minutos el ruido del teclado siendo golpeado, la campana que avisaba la próxima terminación de la línea y el carro siendo regresado a la posición inicial de la siguiente formaron una hermosa melodía a los oídos del escritor, tal vez su musa por fin le susurraba al oído.
Sin embargo, a la mitad de la segunda hoja, el ritmo hipnotizante del ambiente que la imaginación que el escritor había creado a su alrededor paró. El escritor con todas sus fuerzas arrancó la hoja de la máquina de escribir y haciéndola bola la arrojó a la colección existente sobre el suelo del cuarto. Se preguntó por qué le era tan difícil escribir sobre algo tan trivial como el amor. El amor era un sentimiento que día a día era más escaso en el mundo, sin embargo, aún había suficiente para crear historias llenas de él. Todo lo que el escritor necesitaba era un poco de inspiración para escribir sobre el sentimiento que tarde o temprano atacaba todo lo que lo rodeaba, con excepción de él.

Miró por la ventana la lluvia que empapaba las calles del centro de la ciudad. Por un momento no recordó en que parte del mundo se encontraba. Durante muchos años había perseguido historias alrededor del mundo, durmiendo en pocilgas como está la mayor parte del tiempo pero siendo feliz al ver escritas las palabras sobre las hojas que mandaba en un sobre a su agente en alguna gran cuidad de Norteamérica. Escribir historias era lo único que importaba en su vida, tenía que comer, por supuesto, pero el pago que recibía por la publicación de sus escritos no era nada comparado con la satisfacción de ver una obra terminada y saber que las palabras eran solamente suyas. Por eso lo frustraba tanto no encontrar las palabras que le dieran forma a la historia de amor que se había propuesto escribir.

¿Qué sabía él del amor? ¿Cómo expresaría un sentimiento que jamás había tenido? Había querido a mucha gente, sus padres, sus hermanos, sus amigos, pero nunca los amó. Había tenido varias novias durante su adolescencia y juventud temprana pero tampoco nunca las amó. Se casó una vez, pero después de algunos meses comprendió que nunca aprendería a amar a la hermosa mujer junto a la que despertaba cada mañana. Fue entonces cuando decidió dedicar su vida a la escritura. En ese entonces tenia sóloi veintitrés años de edad. Sin embargo, no le dio miedo dejarse llevar por su pasión a las letras. Abandonó todo lo que conocía, su familia, su trabajo, su esposa y su país para buscar alrededor del mundo gente que creía tener alguna historia interesante que contar. Se sentaba en el café de cualquier ciudad y observaba a los clientes ir y venir por largas horas. Escuchaba sus conversaciones o las inventaba en su mente, les ponía nombres y los colocaba en familias ricas o pobres. Les daba una profesión o un oficio, escribía sobre una niñez que tal vez nunca tuvieron y muchas veces los envejecía y mataba en sus historias que le dieron una fama que nunca conoció y premios que nunca recibió.

Sus personajes se enamoraban, por supuesto, pero nunca había escrito sobre el amor. Hasta dos semanas atrás que vio a una pareja de chicos tomados de la mano caminando por el parque sin importar los insultos y las burlas que la gente les lanzaba. Le inspiró ver que esos dos jóvenes tenían un mundo que conquistar por delante y sólo lo lograrían con amor. Escribió un hermoso relato sobre los dos jóvenes pero no sobre su amor. Lo desechó. Comenzó uno nuevo sobre el valor de los chicos, pero no sobre su amor, también lo desechó.

Así, por dos semanas había tratado de contar una historia cuyo contenido no conocía: el amor. Tomó su chaqueta y salió a caminar por el boulevard entre gente que corría en todas direcciones para protegerse de la lluvia que había caído por tres días sin parar. El escritor, como era costumbre, no se había percatado del fenómeno ni de casi todo lo que pasaba en el mundo fuera de su universo de letras e historias. Llegó al café donde había observado a los protagonistas de la historia que no había podido escribir aún y se sentó en la primera mesa junto a los enormes ventanales franceses que miraban hacia el parque donde los enamorados generalmente caminaban tomados de las manos hablando sobre mil y una cosas sin importancia. Sin embargo, el parque hoy estaba desierto por la lluvia.

Pidió una taza de capuchino, como de costumbre, y un par de sándwiches con ingredientes cuyos nombres no podía pronunciar. Pensó una vez más en la escena con los dos jóvenes caminando por el parque tomados de las manos, a donde se dirigirían después de su caminata, sus nombres, sus colores favoritos, su pasado y, sobre todo, su futuro. Esa información estaba bien definida en su mente. Después de su caminata se dirigirían a su pequeño estudio que compartían desde hace varios meses sobre una de las tantas farmacias del boulevard. Se acostarían sobre la única cama y hablarían de su osadía de demostrar al mundo su amor. Se reirían de la gente que se burló de ellos, sentirían lástima por sus vidas aburridas, monótonas y llenas de miedo a algo nuevo y diferente. Después harían el amor mirándose a los ojos y compartirían un orgasmo que los haría olvidarse del mundo que los odiaba. Sus nombres serían Edward y Jean Paul. El color favorito de Edward sería el azul, como los ojos de Jean Paul y el de Jean Paul el negro, como el pelo de Edward. Los dos habrían venido de pequeños pueblos a estudiar para ser un gran actor, en el caso de Edward, y un gran científico, en el caso de Jean Paul. Se habrían conocido en la cafetería de la Universidad en donde Edward habría tropezado accidentalmente con Jean Paul, se habría disculpado, le habría ayudado a recoger los trastes que habrían caído al suelo, le habría sonreído, le habría tomado la mano y lo habría invitado a compartir su mesa. Dos vidas que el destino unió y el amor selló. El amor. Otra vez el maldito amor, la parte de la historia que el escritor no sabía como escribir.

Pide una taza mas de capuchino y observa el día gris, triste y solitario afuera del café, en el mundo real. Piensa en su vida y en lo triste y solitaria que para muchos puede parecer, pero no a él. No tiene un hijo a quien enseñar las maravillas del mundo, pero tiene sus historias que hablan sobre ellas. No tiene una esposa a quien con quien hacer el amor, pero tiene sus historias que le dan satisfacción y calor cuando se están creando en su mente, cuando las palabras le dan forma sobre el papel. No tiene un amante que le haga el amor, como en los días de su juventud, pero tiene su imaginación y sus palabras que crean personajes quienes disfrutan de todos los placeres carnales que su propio cuerpo ha olvidado. No tiene una familia en un hogar que lo espere todas las noches con un plato caliente de comida sobre la mesa, pero tiene el mundo, que le da todo lo que necesita, y sus habitantes, que son la inspiración para sus historias. Miles de millones de habitantes con cientos de historias que contar cada uno, su vida entera no le alcanzaría para escribirlas todas, para relatar con palabras la historia del mundo.

Piensa una vez más en los hermosos jóvenes que con amor afrontan el mundo y entonces comprende que si ha amado, tal vez no a una persona, o a un miembro de su familia, pero a cada habitante del mundo que le aporta algo sobre lo cual escribir. Los personajes que se basan en gente real que a diario ve en la calle son su vida, y los ama, los desea. Les da vida en sus historias que es lo único que disfruta hacer, por lo que dejó todo, lo que lo motivó a enfrentar a un mundo que no creyó en él, al igual que los dos chicos que caminaban por la calle tomados de la mano. De su cartera saca un par de billetes, cuyo valor es mucho más que lo que ha consumido, y los deja sobre la mesa. Su musa le susurra al oído, ha encontrado su inspiración. Rápidamente camina por el boulevard de regreso a su pequeño apartamento sobre la vieja vinatería del centro de la ciudad. La lluvia moja su cara y empapa su ropa, pero esto tampoco le importa. Repite las palabras que nacen en su mente en voz alta, alguien que lo mira pasar piensa que esta loco, pero el escritor ni siquiera lo nota. Sube las escaleras de dos en dos y abre la puerta de entrada al oscuro apartamento y, sin cambiarse de ropa o secarse la cara, se sienta frente a la máquina de escribir y empieza a golpear las teclas de las letras que forman las palabras de las oraciones que le dan sentido a la historia que se ha negado a ser escrita por dos semanas: la historia de amor de su propia vida, la historia del hombre que nunca amó.

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