El entierro
By Ben • Jan 26th, 2008 • Category: BlogeandoNunca me han gustado los velorios, son tan deprimentes e hipócritas que terminan minando la memoria del muerto en lugar de exaltarla. La sensación de que todos quieren ayudar a la familia del occiso, pero que al final termina siendo solo eso, una sensación, me hace enfurecer. Es normal que en una situación tan triste como ésta la gente trate de dar su mejor cara y hacerse pasar por lo que la mayoría no son, solidarios con sus similares. Cuando se acercan a dar el pésame, ponen sobre sus caras una máscara de comprensión y benevolencia, pero sólo basta seguirlos a donde no pueden ser oídos por los familiares para escuchar sus conversaciones con otros asistentes que revelan sus verdaderos sentimientos hacia el muerto y las razones porque es una bendición que ya no camine entre los vivos.
Durante la noche he escuchado muchos comentarios de ese tipo provenientes de mujeres que creen que están en un desfile de modas en donde lucir sus más caros vestidos negros y de hombres que hacen comentarios lujuriosos entre ellos sobre las mujeres que demuestran falsa inocencia y compostura. Siempre existe el grupo de adolescentes y su estúpida burla de la vida en esta celebración de la muerte y los imprudentes que traen a sus niños pequeños que juegan y lloran minando el respeto a la ceremonia del paso de la vida a la muerte. Pero estas no son las razones por las que odio los velorios, son solamente pretextos que he encontrado con el tiempo para alimentar mi odio hacia ellos y lo que nos recuerdan: la muerte.
Si hay alguien que puede afirmar que ha experimentado la soledad de la compañía de un muerto, ese soy yo. Con toda la imprudencia del mundo fui llevado al velorio de mi abuelo cuando la palabra muerte aún no tenía aún ningún significado en mi mente. Los recuerdos de mi abuelo antes de ese día son escasos y hasta terroríficos: un anciano chimuelo que en un esfuerzo trágico por agradar a los nietos terminaba aterrándolos con los movimientos bruscos de su cuerpo decadente. La noche de su velorio, alguna tía con gran corazón pero poco cerebro decidió que sería una buena idea que yo le echara un último vistazo a ese cuerpo que tanto temor me había causado cuando aún estaba con vida. Sus débiles brazos me cargaron para que contemplara una más de las victimas de la muerte. Al acercarme al ataúd, sus brazos, que no estaban acostumbrados a cargar nada más pesado que las revistas de moda, cedieron ante mi peso haciéndome caer sobre el tieso y frío cuerpo de mi antecesor.
¡Qué trágica manera de conocer la muerte para un niño! En mi desesperación por alejarme del saco de huesos y órganos ya en descomposición jale de la tapa del ataúd trayéndola hacia mí y encerrándome en la cómoda y oscura cama fúnebre. Interminables segundos, que pudieron ser minutos u horas, pasaron para que la tapa se levantara y la luz y el aire me confirmaran que la vida aún corría por mis venas. Desde ese nefando día he odiado la muerte y sus ritos, no le temo, le desprecio. Pero ella lo sabe, me persigue no para tomarme, sino para atormentarme con su presencia a mí alrededor.
Se burla de mi odio como si se vengará de la burla que recibe en el otoño en forma de versos y dulces de una cultura que le tema y, sin embargo, le hostiliza. Su primer acto de horripilación fue la muerte de Odie el perro, mi mejor amigo y compañero, sobre mi cama. El grito que di esa mañana al despertar no fue de terror sino de dolor y comprensión de que mi vida sería una guerra sin tregua e injusta con una fuerza superior que ni siquiera alcanzaba a comprender. Esa guerra ha cobrado muchas vidas inocentes. Sin embargo, desde hace tiempo aprendí que nada puedo hacer para detener el torrente de pérdida y dolor. Las lágrimas que alguna vez derramé por esas vidas se han secado y mi corazón se ha vuelto inmune al dolor producido por la pérdida de la gente amada. Una vez más la muerte me ha cercado, me ha atacado y me ha traído a un funeral más lleno de gente que no tiene la más mínima idea de que esto para mí ha sido una guerra personal de muchos años.
¿Quién ha sido la victima esta vez? No lo sé. ¿Cómo llegue aquí? No recuerdo. Tan acostumbrado estoy a este escenario que los pormenores de la historia dramática y sus personajes ya no me interesan. Podría acercarme al ataúd y encontrar la identidad de su habitante, pero desde mi experiencia en donde estuve encerrado con un muerto dentro de uno no he vuelto a acercarme a ninguna de esas cajas de entrega al más allá. Veo gente conocida de mi vida que rápidamente descarto como victimas de este ultimo episodio del horror de mi vida. Pareciera como si dos personas nuevas entraran en mi vida por cada una que la muerte reclama de mi lado.
Muchas veces he pensado en olvidarme de todo y recluirme en la soledad de mi hogar, no salir jamás, no conocer a nadie más para que la muerte no los use como armas contra mí, pero por más que lo pienso más incapaz me siento de hacer tal cosa. La muerte buscaría nuevas formas de torturarme y destruir mi vida sin quitármela. Como he dicho, es una guerra sin tregua. ¡Cuánto más la odio por esto y cuánto mas me persigue al sentir mi odio! Tantas veces he tratado de terminar con esta miseria y la misma cantidad de veces he fallado, y tras cada fallido intento la tortura se vuelve peor. Al parecer, el tiempo que la muerte ha decidido torturarme no se ha cumplido aún. ¿Hasta cuando? ¿Hasta cuando?
La gente toma café y platica de cosas superficiales alrededor del féretro. ¡Qué falta de respeto para él que ya no se puede envolver en esas actividades cotidianas! Pero mi odio no es contra la gente y su falta de sentido común. No. Yo lo sé y la muerte lo sabe. Por eso estoy aquí entre este gentío soportando una burla más de su parte, una bofetada más a mi paciencia y salud mental, preguntándome hasta cuando este circo de fatalidad y desventura durará. Camino entre la gente sin prestarle mucha atención a sus pláticas, sollozos y risas. No me importan más, ¿cuánto olor a muerte puede alguien aguantar antes de hacerse inmune a la vida?
La reunión se ha movido al exterior, a un hermoso campo al aire libre con interminables laderas verdes. Un cementerio para muertos ricos. Las mujeres ahora traen enormes sombreros sobre sus cabezas y los hombres secan el sudor de sus frentes con sucios pañuelos que sacan de los bolsillos de sus sacos. La gente se reúne alrededor de un hoyo en el suelo junto al cual un hombre canoso con aire de dignidad lee palabras inteligibles de un libro abierto entre sus manos. Sus palabras están grabadas en mi memoria aunque nunca he sabido su significado, algo sobre un valle de sombras profundas y no temerle a nada porque Su vara y Su cayado son lo que me consuela.
Aunque todo esto me es muy familiar, algo lo hace diferente a las demás veces. No sé que es y no sé si quiero saber que es, pero la curiosidad es muy fuerte, por lo menos esto me sacará de la rutina que la muerte se ha convertido para mí. Camino entre la masa de gente que oye sin escuchar las palabras del reverendo y me percató que nadie parece notarme, pero no me sorprende, este tipo de eventos sociales y yo nos hemos mezclado casi a la perfección. Me acerco a las primeras filas para tener una mejor vista de la función que se desenvuelve junto al agujero en la tierra.
El peso del mundo parece venirse sobre mi cabeza cuando me doy cuenta quienes son los personajes de esta obra macabra. Veo a mi alrededor y reconozco el lugar, junto al hoyo recién cavado veo una lápida con el nombre de mi abuelo y una fotografía del hombre cuando sus inviernos no habían sido tan abundantes. Frente al ataúd se encuentran sentados los miembros más cercano de mi familia mutilada por la muerte. Observo cada una de sus caras para descubrir quien ha sido la última victima de esta guerra desalmada. Veo a mi madre con su vestido fúnebre desgastado que ha usado ya muchas veces sin importarle más las críticas de las señoras que basan sus relaciones en dinero, moda y estilo. Junto a mi madre veo a mi hermano menor, ese niño que empezará a romper los corazones de muchas chicas dentro de pocos años. Al final de la pequeña asamblea de personajes principales de esta obra macabra se encuentra la nana Mayito, que tristemente ha visto morir a tres de los cinco niños que cuidó como si fueran propios y a muchos de sus primos, amigos y familiares. Hoy la lista ha aumentado.
¡Pero algo está mal en esta fotografía! ¿No debería estar yo sentado entre ellos? ¿No me he ganado un lugar de honor en la primera fila? ¡Que placer y que dolor siento cuando entiendo la situación de la verdad! ¿Pero cómo es posible? ¿Es acaso un sueño? O peor aun ¿una nueva táctica de tortura que la muerte ha maquinado al volverme inmune a sus ya tan conocidos ataques? ¡Ah, muerte maldita que has hecho mi vida miserable! ¿Podrás hacer miserable mi muerte también?
El ataúd es bajado a la profundidad del agujero y cubierto por flores y tierra que los dolientes avientan en puños sobre él. Mi madre llora desconsoladamente y mi hermano mira como la caja, en donde se encuentra su último y mas querido amigo, es enterrada entre muchas otras cuyos contenidos no quiere recordar. La nana desconsolada lo abraza para protegerlo como si se tratara del ultimo vestigio de una inmensa fortuna. “A ti no te dejaré ir” le dice al oído.
La gente se dispersa poco a poco y el pequeño grupo que queda frente a la tumba reciente define el significado mas profundo de la soledad. Sus ojos ya no guardan ninguna esperanza y sus almas han sido batidas y destruidas. Trato de acercarme y darles algunas palabras de consuelo, pero ¿qué puede decir alguien que es inmune a la muerte? ¿Qué consuelo puede dar a los dolientes alguien que no siente dolor, alguien cuyo cuerpo ahora descansa en una excéntrica caja de madera varios metros bajo tierra?
¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que mi madre puso flores sobre estas tumbas? No lo sé. ¿Cuánto tiempo desde que mi hermano, un hombre guapo y bien formado, visitó este lugar en donde la muerte depositó a muchos de sus conocidos y familiares para hablarle a mi tumba diciendo que me extrañaba y necesitaba? No lo sé. ¡Ah, si pudiera contar las horas y los días, los meses y los años! Mi muerte ha resultado mas delirante que mi vida. La crueldad de saber que se vive sin vivir y se ha muerto sin morir es más repugnante que la crueldad de vivir acechado por la muerte misma. Al final, la muerte ha ganado esta guerra que empezó en el odio, se perfeccionó en la pérdida y terminó en la soledad. La soledad de existir en el umbral entre la muerte y la vida viendo como los vivos vienen y van enterrando a sus muertos y llorando por ellos para que al final terminen en el campo de la soledad y el olvido como yo: observando la lápida con mi nombre grabado sobre ella y una fotografía que destaca los atributos físicos que ya no poseo y que se han podrido y han sido comidos por los gusanos para quedar en la eternidad del olvido y la soledad.
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